domingo, 24 de agosto de 2014

DOS.




Llego al Gran Manicomio, es decir, mi casa. Dentro de poco no hará falta que explique a qué viene eso. Nada más cerrar la puerta, Elly, mi sobrina de tres años, sale corriendo con los brazos en alto y desnuda menos por el pañal (gracias a Dios, al menos lleva algo puesto) atravesando el pasillo de la cocina al salón. Mamá sale detrás de ella dos segundos después, con el teléfono entre la oreja y el hombro y con un cuenco de comida entre las manos.
            ―Espera un momento... ¡Elly! ¡Ven aquí, por favor! ¡Cómete esto, que está muy rico! ¡No corras!
            ―¡No quiero! ¡Caca!
            ―¡Elly, que no es caca...! –Entonces mamá me ve (mierda) y se le iluminan los ojos como faros―. ¡Ellen, hija! Gracias a Dios que has llegado. ¿Quieres darle esto a Elly...? –Me lo pone en las manos sin esperar a que responda y se da la vuelta―. ¿Hola? Sí, ya estoy contigo...
Mamá vuelve a la cocina y en tres segundos yo he aparecido con un cuenco de comida pastosa, pestosa y pegajosa en las manos.
Mi madre es una importantísima mujer de negocios de la capital que se vino a vivir con su marido –mi padre– a una ciudad tan pequeña como un pueblo grande en el norte para buscar una tranquilidad que, desgraciadamente, desde que existen los teléfonos móviles en el mundo, no depende en absoluto de dónde vivas. Siempre está hablando con alguien, y todas y cada una de las conversaciones que mantiene por esa máquina infernal son, al parecer, «de vida o muerte» (también le gusta decir «mi trabajo podría depender de esta llamada, Ellen» o «la empresa se tambalea y de verdad necesito mantener esta conversación ahora»). Cuando está en casa se pasa encerrada en su habitación todo el tiempo y, si alguna vez saliera (para, por ejemplo, cuidar de la mocosa, que resulta que es su nieta), hace las cosas como ahora: con el teléfono sujeto como puede y corriendo los cien metros lisos para intentar pillar al demonio de Tasmania.
Hasta que llego yo, claro. Soy como Superman o algo así para ella. Si me pagara por todo lo que hago de canguro, ahora mismo ni siquiera tendría que vivir aquí, podría haberme comprado un castillo en medio del campo y tendría contratado a un mayordomo que se llamaría Cristóbal y que me prepararía tés de menta a todas horas.
Logro quitarme la mochila sin tocarla, porque ya me he manchado las manos de ese algo verde que llena el cuenco y que no quiero saber qué es. No me extraña que la niña no quiera comérselo, yo tampoco lo haría. Seguro que lo ha hecho mamá, porque algo con esa pinta solo puede salir de ingredientes que toque ella; sí, otra cosa que debéis saber de ella es que es inútil cocinando. Miro la puerta del salón y suspiro.
Acabo de llegar y ya tengo que ponerme a jugar a «encuentra al animalito salvaje» con Elly. Viva, alegría y diversión.
Me armo de valor y entro.
            ―Elly... ¿dónde estás, Elly? Pitas, pitas... Sal, venga, Elly... Bonita...
            ―No me ves. –Giro la cabeza y veo que lo ha dicho un quiqui parlante que está detrás del sofá. Suspiro, muy aliviada: no suele ser tan fácil adivinar detrás de qué mueble se ha metido.
Paso número dos: hacerse la tonta un rato.
            ―Oh, ¿dónde estás, Elly? No puedo encontrarte.
            ―No ves, no me ves –canturrea. Apostaría un brazo a que se está tapando los ojos. Qué criaturita, pobre.
            ―¿Hacemos un trato? Yo te encuentro y tú te comes esto, ¿vale?
            ―No gusta, no me gusta, es caca.
            ―Solo si te encuentro, ¿vale? No sé dónde estás, es muuuy difícil...
            ―Vale. –Y se ríe de una forma que suena mucho a «jijiji», lo cual es inquietante.
Va en serio, cada vez que suelta una risa así, casi malvada, me asusta. Sé de sus usuales ataques de psicopatía infantil. El médico dijo que simplemente era una niña muy activa, pero no; una vez me tiró un tenedor mientras se reía así, y luego saltó de la trona y se fue corriendo. Hay veces que parece que está poseída y me da muy mal rollo, sobre todo los días que me tengo que quedar yo sola con ella. No pasa muy a menudo, porque soy de naturaleza cobarde, pero lo suficiente como para tenerle algo de respeto a la niña. Mamá me regaña y me llama vaga y «poco participativa en la dinámica familiar» (claro, mamá, porque tú participas mucho, se me olvidaba), pero en serio, no puedo creerme que no me comprenda. No puedo creerme que no haya visto al alien en acción.
Me paso dos minutos enteros haciendo el tonto, como si la estuviese buscando de verdad, y al final me canso y salto detrás del sofá, la agarro por la espalda, grita, chilla, se pone a llorar, empieza a sacudirse y a darme cabezazos en el pecho, menciono algo de un premio, se calma, la siento en el suelo, me mira con odio, repito lo del premio y se termina esa cosa gelatinosa y vomitiva de color verde.
Funciona así todos los días, más o menos.
Mamá pasa delante de la puerta en el momento justo. Qué espabilada, seguro que estaba esperando a propósito... Me sonríe, aún con su maldito móvil pegado a la oreja, y señala hacia arriba con el pulgar. Yo también le sonrío, aunque en plan falso, y como eso que ha hecho me ha molestado, suelto a la bestia sin haber acabado de limpiarle la cara y Elly no tarda ni dos segundos en salir corriendo hacia la puerta con un grito de guerra resonando entre sus dientecillos de leche. Mamá abre los ojos y luego me mata con ellos. O al menos pone cara de que le gustaría poder hacerlo. Sonrío y me encojo de hombros con una expresión que dice «¡Si soy un angelito, mamá!».
Al ir a mi cuarto, aunque siga al teléfono, le digo:
―Habla con tu otra hija, la fornicadora.
Porque, claro, Leny, que es mi madura e independiente hermana mayor (la madre de la monstrua, por cierto), no puede venir una hora antes y hacerle un poco de caso a su animalito salvaje.
Elly es un desliz que tuvo mi hermana con dieciocho años. Es muy cruel decirlo así, y nunca se lo diría a ella a la cara (a Elly, quiero decir, no a Leny; a Leny se lo repito con bastante frecuencia), pero hasta ella tiene que reconocerlo. A ver, no es que mi hermana sea una golfa o algo así, por lo menos fue con su novio “estable”, aunque luego resultó que el chaval era un capullo y la dejó tirada con el bombo. Su embarazo fue una de las broncas más espectaculares que han tenido nunca mis padres (oh, ya habrá tiempo de hablar de eso, porque se podría hacer una telenovela solo con esas discusiones, lo juro), pero ella decidió sacarlo adelante, porque si hay que reconocer algo es que mi hermana tiene cierto sentido de las responsabilidad, y al menos asumió lo que había hecho. Bien por ella, supongo... aunque todo sería mucho mejor si la niña no fuera alérgica a la luz, no se volviera loca con el agua y se le pudiera dar de comer después de medianoche.
Al subir a mi habitación piso una cosa algo líquida y pringosa y, cuando levanto el pie, se me queda en la suela y me cuesta un poco despegarlo del escalón. Me quito el zapato sin mirar y lo tiro hacia atrás. No pienso averiguar su origen, ni siquiera mirar de qué color es o si tiene grumos. Mamá me chilla, creo que le he dado. Hago como que no me entero y corro un poco.
Ya arriba me quito el abrigo y suspiro. Espero tener al menos veinte minutos antes de que se vuelva a requerir mi ayuda abajo. Cuando voy a tumbarme en la cama, justo suena el teléfono inalámbrico (que por alguna razón está entre mis sábanas) y gruño, agotada.
            ―¿Qué?
            ―¿Elle? Soy Leny. Salgo ya, tened paciencia. –Hablando de la reina de Roma.
            ―¿Es que ahora los pubs porno cierran más temprano? Mira que son casi las cuatro y media...
En realidad sé que no es un pub porno, pero me gusta decirlo para fastidiarla. Se lo merece.
            ―Mira, Ellen, no empieces.
            ―No empiezo nada. Por cierto, esta mañana Elly ha decidido probar el truco del ventilador mientras desayunaba. El desastre lleva en la cocina desde esta mañana. Mamá no lo ha limpiado. Se está quedando reseco. Creo que voy a llamarlo... El Elly-cóptero. Con mayúsculas en las dos E.
            ―Helicóptero se escribe con H, Ellen, no seas burra.
            ―No, no, Elly y cóptero, separado, ¿lo pillas? “Elly”... y “cóptero”. Porque eso es un espectáculo que solo ella es capaz de hacer. En serio. Ha dejado las paredes de la cocina preciosas.
            ―Joder. ¿No podrías...?
            ―No. Tú limpiarás los destrozos creados por ese monstruo que salió desde tus entrañas por tu vagi...
            ―Eres todo un amor, Ellen. Oye, cuelgo ya o no llegaré nunca.
Suena un pi-pi-piiií en vez de la voz de mi hermana y tiro el teléfono. Ah, pues ya sé por qué estaba entre mis sábanas, debí de haber hecho eso mismo antes.

Llego a casa después del instituto y mi hermano sale a recibirme, todo emocionado, antes de que me haya dado tiempo a quitarme el abrigo.
            ―¡Iremos este fin de semana a ver a los tíos! Dios, no puedo creerme que vaya a salir de este agujero por fin...
            “Este agujero” es el pueblo donde vivimos, a treinta kilómetros de la capital. En realidad no es tan malo, no es un pueblo-pueblo, sino que está entre eso y una ciudad pequeña. Mi hermano se queja mucho, aunque tiene suerte de que casi no supiera ni leer cuando el resto ya teníamos edad de quedar con nuestros amigos y aún no habían construido el centro comercial, la bolera y el pequeño cine.
A mi hermano Joe le gusta ir a ver a los tíos porque viven en la capital, pero nada más. A mí no me gusta porque significa estar un día o dos allí solo, encerrado en casa y escuchando a mi madre y a mi tía parlotear como locas sobre temas tan filosóficos como la nueva colección de estanterías del IKEA o las rebajas de invierno.
            Me quito la mochila y, como ve que no le estoy haciendo caso, Joe lo repite tres veces más. Suspiro. No sé qué desayuna este chaval que tiene siempre tanta energía.
            ―¿Es obligatorio que vaya yo? –pregunto, cansado.
            Joe parece desilusionado por la pregunta, pero lo oculta tan rápidamente que no estoy seguro si ha sido en serio.
            ―No, tú puedes quedarte con Ellen-No-Es-Mi-Novia y con tu amigo el rarito de la Play, si quieres. Ya le dije a mamá que no vendrías...
            Estoy tan acostumbrado a que Joe intente chincharme con eso de “Ellen-No-Es-Mi-Novia” que ya ni me afecta. Supongo que tiene que intentarlo, lo de molestarme, pero no entiende que él tiene once años y que le llevo bastante delantera.
            ―Perfecto, entonces –contesto, abriendo la nevera y sacando la Coca Cola.
            ―Cómo lo sabía. No puedes beber a morro de la botella.
            ―¿Te vas a chivar? –Lo hago y él resopla. Luego me limpio los labios con la manga antes de volver a mirarle―. ¿Dónde está mamá?
            ―Comprando, creo. Te ha dejado la comida.
            ―Vale. ¿Tú ya has comido?
            ―Sí. No iba a esperarte, porque seguro que te quedabas hablando con Ellen-No-Es-Mi-Novia y pasaba de tener hambre. –Se encoge de hombros.
            ―Creo que debería decirle a Ellen lo mucho que hablas de ella en casa, Joe. A lo mejor hasta podría sentirse halagada.
            ―Ya, lo que tu digas. Voy al salón a jugar a la Nintendo. El abuelo está en el comedor, por cierto. –Y se va.
Entro en el comedor. La espalda encorvada del abuelo está apoyada contra la silla del respaldo de rayas, y estas se marcan en su espalda. El abuelo parece muy concentrado comiendo su arroz, pero en realidad yo sé que está mucho, mucho más lejos. Me olvido de mi comida y me acerco a él.
            ―Hey, abu. ¿Cómo estás?
Levanta la cabeza lentamente hacia mí y me sonríe.
            ―Hola, Timothy. –No dice realmente eso, sino mi verdadero nombre, que es igual que el suyo. Sonrío al oírlo, porque eso es que aún sabe quién soy, y eso me alivia. No dejaría que nadie que no fuera él me llamara así―. Qué grande estás. ¿Has crecido, hijo?
            ―Sí, abuelo, estoy creciendo todo el rato. Si sigo así, se me van a salir los pies de la cama. ¿Tienes más hambre?
            ―Sí, pero no alcanzo a coger el tenedor.
Tiene el tenedor en la mano.
Sonrío levemente y me siento en la mesa que está a su lado. Mira todos los movimientos que hago, y sonríe también.
            ―El tenedor está aquí, abuelo. Toma. –Entonces empiezo a darle de comer manejando su mano hasta que ya sabe lo que tiene que hacer y sigue solo. Abre poco la boca, pero lo suficiente para que toda la comida entre, así que se le caen algunos granos―. ¿Está bueno? ¿Quieres una cuchara, mejor?
            ―Gracias, hijo. –Mastica lentamente y me mira con esos ojos tan azules que tiene él y que no tengo yo―. ¿Qué tal el día? –pregunta con voz dulce.
            ―Tranquilo. He estado en clase y luego he venido con Ellen. ¿Y tú, qué tal?
            ―Muy bien. ¿Quién es Ellen?
―Una amiga mía.
―¿Una con coletas?
―¿Te acuerdas de ella?
―Sí, claro, hijo. Hace mucho que no viene a verte.
            ―Hace poco que vino, abuelo. Aunque cuando quieras puedo llamarla para que vuelva y te salude.
            ―Gracias, hijo. Me gustó cuando me contó lo de su mascota... ¿cómo lo llamó?
            ―Ponejito. –Esto fue hace años. Ellen lleva sin mezclar razas de animales desde los once o doce. Me sorprende que lo recuerde.
            ―Sí.
            ―Porque era un conejo amarillo como un pollo, ¿te acuerdas?
            ―Sí, claro. Dame agua, hijo, ¿quieres?
El abuelo acaba de comer y le ayudo a llegar hasta el salón, porque aunque tiene las piernas bien a veces se queda bloqueado. Mi hermano se levanta del sillón cuando llegamos, pero sigue viendo la tele tumbado en el sofá. Yo subo a mi habitación.
Mi móvil parpadea, como hará hasta que le haga caso.
Me acerco. Un mensaje. Nadie me manda SMS excepto una persona.
Sácame de esta casa o te pasarán cosas malas. ¿Por favor? -E
Sonrío y me asomo a la ventana. Tengo que inclinarme un poco para ver la ventana de Ellen, que es la de la buhardilla de su casa. Ella ya me está esperando, y cuando me ve sonríe mucho y se pone a saltar y a mover los brazos. Me río, le pregunto si subo con un gesto con las manos y ella niega efusivamente. Luego desaparece.
Ni siquiera he comido y ha pasado menos de una hora desde que no nos vemos, pero me apetece salir de aquí. Quiero a mi abuelo, pero siempre se me queda una sensación muy rara en el cuerpo cuando tenemos un momento así... Una sensación que Ellen sabe eliminar.
Así que salgo por la puerta de atrás, la del jardín, y me voy al fondo. Allí hay un árbol enorme con un tronco gigante. Es donde está mi casa del árbol, la que me construyó papá cuando nos mudamos para que no me aburriera tanto mientras Joe solo era un niño de un año. Lleva en pie la mitad de mi vida y espero que no se derrumbe nunca. Hay unos tablones, que siempre estamos recambiando porque a mi hermano le gusta romper (es un tipo de venganza porque nunca le he dejado entrar y, sin embargo, a Ellen sí. Y hablando de eso, también influye en el por qué él la llama Ellen-No-Es-Mi-Novia).
Subo las escaleras y la espero sentado y acurrucado dentro. Ni de coña entramos de pie, y casi ni me caben las piernas. Tenemos que apretujarnos muchísimo para entrar los dos aquí, pero aún así nos gusta venir porque nos recuerda a cuando éramos pequeños.
Ella llega un par de minutos después, asomando antes su pelo naranja-pajizo que su cara redonda. Veo sus ojos grises y brillantes, luego su nariz puntiaguda y su sonrisa traviesa, y entonces sé que ya ha empezado a pasárseme el agobio.
Se sienta a mi lado y apoya la cabeza en mi hombro.
            ―Gracias, TJ. Si huelo a caca, avísame.
            ―Hueles bien. Normal, vamos.
            ―Uff. Mi madre no debería inyectarle cafeína en vena a seres tan... tan... Elly. Es una locura de cría. ¿Sabes lo que ha hecho? Otra vez lo del yogurt.
Me río, pero no con muchas ganas. Ella se gira hacia mí y alza una ceja.
            ―¿Estás bien?
            ―Sí. Lo normal. He comido con mi abuelo. –Cuando digo “abuelo”, como un resorte, Elle hace un puchero.
            ―¿Está bien?
            ―Sí, como siempre. Desorientado. Pierde cosas que tiene delante o encima. Le sorprende verme tan mayor. Lo de todos los días.
            Ellen me pone una mano en la espalda y me dedica una sonrisa dulce.
            ―Tengo helado de vainilla con galletas en casa. Es de Leny, pero por ti se lo quitaría. ¿Qué me dices? ¿Te animaría un poco?
            ―Ellen, ni he comido.
            ―Mejor. Será tu comida. Yo te invito. Pero tienes que subir a mi cuarto rapidito y en plan discreto, porque mi madre está “trabajando” y acaba de dormir a Elly y mejor que no te vean.
            ―Vale.

            

1 comentario:

  1. Increíble ¡Cada vez me gusta más! Si antes había adorado esta historia, ahora le tengo un cariño infinito. Quizás porque llevo queriendo a tus personajes desde la primera vez que subiste esto. Los cambios que le has hecho son geniales, y de algún modo siento a esta Ellen y a este TJ más maduros, con un aire más grande Jajajaja esto tiene muuuuy buena pinta, muchacha, sigue así ;) brillantemente escrito y con ese toque característico tuyo que embelesa al lector.

    Un besote, Clary! Espero con ansias el siguiente!

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