lunes, 7 de julio de 2014

UNO.




Si tuviera que hablar de mi mejor amigo ante una panda de desconocidos, lo primero que haría sería no decirles su nombre. Nunca. El nombre es algo con lo que los humanos jugamos demasiado, pero es la única cosa que nos identifica. Es decir, si no tienes nombre, no existes. O así funcionan las cosas aquí. ¿Alguien se ha parado a pensarlo? El nombre es una cosa muy fuerte que damos constantemente y demasiado a la ligera. Lo arrastras desde que naces, es decir, desde que gente que no sabe nada de ti –gente que no puede ver el futuro y que, al igual que tú, no puede adivinar cómo serás en unos años– lo escoge antes siquiera de que tú sepas hablar, como si no quisieran que protestaras sobre el que te ha tocado. La gente está constantemente inventándose cosas que supuestamente tienes que cumplir si te llamas de determinada manera (todos hemos visto esas páginas web que se basan en la etimología del origen para intentar descifrar a las personas, como si fuera tan sencillo). El nombre te señala como único, y también es eso que la mafia utiliza para localizarte y ponerte una bonita cabeza de caballo en la almohada. Hay gente a quien no le gusta el suyo, y se lo cambia. Hay gente que vive sus años arrastrando un mote, o una deformación de quien debió ser, pero aun así sigue siendo algo muy grande.
Decir un nombre puede suponer salir del anonimato. En ningún momento fue nuestra intención que esta historia dejara de ser nuestra, secreta, aunque pensamos que, a la vez, de alguna forma sería bueno compartirla. Nunca determinamos para quién lo sería, si para nosotros o para quien la leyera, pero el caso es que al final, de todas formas, decidimos escribirla. Y por eso estamos aquí, por esto estoy aquí, intentando hablar de mi mejor amigo.
TJ Hudson (que es un pseudónimo, no un nombre real) y yo somos amigos desde pequeños. Nos conocimos con nueve años, cuando nuestras familias se mudaron al mismo tiempo a casas contiguas. Bueno, técnicamente no fue a la vez, porque él llegó unos meses antes que yo, pero eso no importa ahora mismo. Lo genial fue que nos hicimos amigos enseguida (gracias a que yo era una niña super mona y bastante sociable, porque él, lo que se dice espabilado, pues lo era bastante poco por aquella época).
Aquí seguimos, desde entonces. Han pasado casi diez años. Eso es más de la mitad de toda mi vida entera, y tal vez sea por eso que no me imagino pasar un día sin verle. Es casi enfermizo. Menos mal que nos peleamos poco, la verdad; no quiero ni imaginar cómo serían nuestras vidas si encima nos pasásemos todo el día riñendo (eso se parecería bastante al matrimonio de mis padres y sería muy desagradable e incómodo). Por lo menos él tiene mucha paciencia, que quieras que no se agradece.
Aunque no se lo diga, porque soy una persona que exprese sus sentimientos fácilmente (en contra de lo que todo el mundo piensa), le agradezco mucho que se hiciera amigo mío aquellos primeros días de julio, cuando llegamos a la nueva casa y mi hermana me empujó pasa subir primero las escaleras y así pillarse la mejor habitación. Me acuerdo que yo estaba empujando por el jardín una caja llena de cuentos y que él jugaba a tirar una pelota de tenis contra la fachada de su casa, cogiéndola cada vez que rebotaba, y que me vio sufriendo y corrió a echarme una mano. Sin decir nada –en esos silencios que dejamos que sucedan cuando somos niños, cuando nada es incómodo, ni difícil, ni existen motivos para comerse la cabeza por nada– llevamos entre los dos hasta el escalón de la entrada, y cuando la soltamos en el suelo, levantó la cabeza hacia mí y me dijo «Hola, me llamo TJ». Y entonces yo le dije mi nombre, y él me dedicó esa sonrisa boba y encantadora que no ha cambiado nada a lo largo de todos estos años, y después me dijo que si quería ir a jugar con él. Fue así de fácil. Porque, aunque todos los niños de hoy en día son malos, él no. Nunca ha sido malo. La verdad es que, poniéndome un poco cursi, TJ tiene un corazón enorme, y es la verdad. Y estoy muy agradecida por eso, por ese primer momento y esa sonrisa torcida, porque fue el comienzo de todo.
No tengo que explicar que nuestra relación no se ha basado siempre en sacar de quicio a su madre por jugar contra la pared con la pelota a las cuatro de la tarde. TJ y yo hemos pasado la vida juntos, ya lo he dicho, y obviamente hemos experimentado cambios. Sin embargo, mientras he ido viendo cómo a lo largo del tiempo la gente que conocía parece pudrirse por dentro, como si fuera más importante seguir ese juego de “me estoy haciendo mayor y así es como funciona el mundo de los mayores”, él siempre ha seguido ahí. Mientras en mis más tierna adolescencia todo parecía ser un caos a mi alrededor, TJ era el único punto de mi vida que se mantenía firme. Sí, obviamente, al final poco quedaba del niño inocente y adorablemente rubio y escuchimizado, sobre todo porque a medida que iba creciendo también lo hacía el club de las chicas que acababan desarrollando intensos amores platónicos con él (con razón, porque he de decir que su ADN está maravillosamente recombinado y, además, el mundo es mucho más bonito desde el verano en que decidió ponerse las pilas y desarrolló lo que yo llamo sus “musculitos”), pero él siempre ha seguido ahí. Siendo la mano que necesitaba coger. Siendo la sonrisa tonta que necesitaba que me saludase desde la ventana de enfrente.
Si alguien me preguntara cuánto opino que va a durar nuestra amistad, contestar «siempre» sería una de las cosas que podría hacer con más seguridad, y también una de las que me harían más feliz.


Hay gente que llega a tu vida poco a poco, como si tuviera vergüenza por entrar, y luego están aquellos que abren la puerta sin llamar y se dejan caer en tu cama como si estuvieran en su casa. Ellen McKenzie, mi mejor amiga (aunque ese no es su verdadero nombre, por supuesto), es del segundo tipo de persona. Lo cual me encanta. La conocí a los pocos meses de mudarme y, si en un primer momento me pareció quizás un poco indefensa empujando esa caja de libros por el jardín delantero de su casa, estaba completamente equivocado. Ellen es como un huracán. Lo supe en cuando acabé de presentarme y ella, con ojos brillantes y decididos (muy, muy brillantes, ese tipo de ojos que no puedes evitar quedarte mirando porque simplemente son demasiado impresionantes como para estar en la cara de alguien), me dijo su nombre y arrugó su pequeña naricita al torcer una sonrisa que hizo que sus rollizos mofletes se hincharan. Creo que, a partir de ese momento, la palabra para describir lo que pasó es que ella me cautivó. Porque cómo para no. Es una persona impresionante, probablemente la más impresionante que conozco (y, también probablemente, sea por eso por lo que es mi mejor amiga y lo ha sido durante tanto tiempo). Tiene una energía de torbellino. Podrías oírla hablar (rápido, muy rápido) horas enteras, y ni siquiera tendría que estar hablando de algo interesante, porque no te importaría. No sabe usar esa voz para cantar, eso sí, pero cualquier cosa que dice parece convertirla en un cuento.
Cuando Ellen se ríe, toda su cara se pone de color rojo intenso, como si toda la sangre se su cuerpo hubiera decidido amontonarse en su cabeza. Bueno, no solo cuando se ríe; también cuando se enfada, o cuando algo le da vergüenza, o mucha vergüenza, o cuando dices algo subido de tono en su presencia y teme que alguien te haya oído. Se pone roja constantemente, y me encanta. No porque sea uno de eso rojos adorables de las películas y los libros (realmente no es nada atractivo, es decir, realmente parece que su cabeza va a estallar), sino porque es muy divertido. A mí me encanta provocarla.
Lo bueno de Ellen es que, a pesar de eso (a pesar de todo), siempre se ríe. Se ríe todo el rato, y consigue que tú también lo hagas, estés como estés. Quieras o no. No le importa tu humor cuando quiere una sonrisa. Y ella lo intenta, también, cuando tus (mis) penosos esfuerzos intentan sacarla de lo que sea que ha hecho que su mundo, por un momento, pierda el eterno día soleado en el que vive y se vuelva todo gris. Y esos esfuerzos, aunque sé que solo lo intenta para hacerme sentir mejor, son lo mejor de Ellen. Lo que hace que quiera abrazarla. Porque, aunque sea ella la que esté mal, aún intenta complacerte. Y nunca dice nada. No dice «estoy cansada» o «déjame en paz», solo se deja querer un poco y al final sonríe y deja que sus mejillas se hinchen de esa manera en que me encantaría pellizcarlas.
Cuando Ellen y yo decidimos escribir esto, ella sonreía con ese brillo en los ojos del primer día. Estábamos en el jardín de su casa, bajo el sol de mayo. El curso había terminado y solo teníamos que acabar con los últimos exámenes. Yo le sonreí también. Me pareció una de su grandes ideas. Yo solo espero que funcione.

Aquí está nuestra historia.


4 comentarios:

  1. Jo. Me gusta mucho. Tiene una inocencia preciosa, y la opción de las dos primeras personas es algo que siempre me ha encantado. Enhorabuena, guapi. ¿La tienes ya escrita entera? :3

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  2. Muchísimo mejor esta nueva versión. Se nota una escritura más madura y planeada.

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  3. Unaa preciosidad de capitulo.Me encanta esta nueva version.
    Aunque yo todavia le daria un par de vueltas :)

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  4. Hmmm... Puede dar buen resultado.
    Te voy a decir que no me convence porque mentir no sería justo, Puede salir bien o puede salir mal xd
    La verdad es que, por ahora, me gustaba más la otra versión. Sí, es más infantil, pero en mi opinión pega mucho más con el estilo fresco y divertido de la historia que esta.
    Con esta... se puede ver que va a ser una historia romántica desde el principio. I mean, con la otra también se veía, pero... los personajes no parecían conscientes de ello. Aquí sí.
    No sé, no voy a decir nada malo porque quiero ver cómo avanza.
    Al fin y al cabo, tú siempre sabes sorprenderme.
    Espero el siguiente cap pronto~
    Byes, Ane.

    PD: Me mola lo de que lo hayas hecho en inglés. No lo he leído, pero me mola la idea ^^

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